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¿Qué significa tener perspectiva de derechos en salud mental?

Foto del escritor: Lucia Melita
Lucia Melita
15 jul
5 min de lectura

Actualizado: 27 jul

Cada vez que debo presentarme como profesional, empiezo diciendo que trabajo con perspectiva de derechos… pero qué significa eso?


Posicionarme desde este lugar significa posicionarme politicamente. Es que estoy convencida de que, en tanto lo personal es político, también lo es la salud mental. Partimos de la idea de que la salud es un derecho humano fundamental y que, como tal, es responsabilidad de los estados garantizarlo. Desde este punto de vista, el derecho a la salud se inscribe en un marco de integralidad de derechos, es decir, es imposible pensar el pleno goce del derecho a la salud si no están garantizados el resto de los derechos humanos. La salud de este modo es pensada de manera contextuada, no puede ni debe ser aislada de las políticas sociales y económicas. Y esto no solo constituye la base de mis ideales, sino que también se extiende al modo en el que pienso los sistemas de salud y las formas en las cuales estos ideales se impregnan en la atención que, como profesional de la salud, ofrezco a mis pacientes. 


En este sentido, no se puede dejar de mencionar la influencia del sistema capitalista en los modos actuales de ejercicio de las profesiones de salud. El capitalismo como tal afecta a todas las esferas de la vida a través de la mercantilización de las mismas. Esto quiere decir que cada ámbito de la vida es transformado en un objeto que puede ser intercambiado, al cual se le puede poner un precio. La salud no escapa esta lógica. Un ejemplo concreto de esto es la tendencia a patologizar cualquier dolencia o dificultad (insomnio, dificultades sexuales, ansiedad), dolencias que en lugar de ser abordadas como momentos de un proceso de salud-enfermedad-cuidado, son mercantilizadas, y, como consecuencia, es posible vender un producto que solucione el problema de manera instantánea para que el sujeto pueda incorporarse a la cadena productiva.

El reconocimiento de la salud como derecho, en cambio, se basa en una concepción compleja del proceso de salud-enfermedad-cuidado. Y esto nos aleja de la lógica mercantil. 


“Los postulados sobre salud-enfermedad-cuidado de la corriente médico social/salud colectiva llevan indefectiblemente a desplazar el eje de las prácticas de la enfermedad al sujeto y a cuestionar la práctica médica centrada en las patologías individuales.” 

Stolkiner A. y Ardila, S. (2012)


En primer lugar, empezamos por entender a la salud como un proceso, no un estado. Esto quiere decir que la salud y la enfermedad no se presentan como formas rígidas, antagónicas y contrapuestas, sino que forman parte de un espectro, y a lo largo de la vida fluctuaremos entre ambos momentos de distintas maneras, y pasaremos también por todos los grises que hay en medio. 


Es importante notar que incorporamos el cuidado dentro de este proceso. Este se piensa como un acompañamiento cuyo objetivo es disminuir lo más posible el sufrimiento, entendiendo a la vez que anularlo por completo y para siempre es un ideal imposible de sostener. Entonces, buscamos no solo disminuír el sufrimiento actual sino también fortalecer al sujeto para que pueda transitar la vida con mayor autocompasión y entendimiento.


Además, el acompañamiento debe ser respetuoso de la identidad sociocultural del sujeto. Es que si nos enmarcamos dentro de una concepción de derechos humanos, el respeto a la diversidad y al poder de autonomía y autodeterminación de los sujetos debe reinar. Comenzamos a deshacernos de las ideas médicas cientificistas y positivistas que posicionan al médico como un ser que todo lo sabe, y que por ende impone su saber sobre el paciente.


Algo que me parece muy importante de este enfoque es que, siguiendo esta línea de pensamiento, arribamos naturalmente a una inclusión de la diversidad, lo cual considero clave para la ética profesional. Al entender la salud, la enfermedad, y todo lo que hay en medio, como un proceso, podemos aceptar sin patologizar la diversidad humana. Esto se traduce en una práctica que no busca la normalización del sujeto, sino que el foco está puesto en el genuino bienestar de la persona, sea como sea que eso se vea para cada uno. 


Esta manera de entender los objetivos terapéuticos se contrapone a un posicionamiento objetivante, desde el cual se pone en el centro de la escena al síntoma y a la enfermedad que ese conjunto sintomático constituye, con el objetivo de su eliminación. De este modo, la decisión sobre qué es lo problemático queda en manos del terapeuta, no del sujeto, y muy fácilmente estas prácticas pasan a dejar de lado la diversidad humana. 


En cambio, desde la perspectiva de derechos, entendemos que aquello que puede ser problemático para una persona, puede no serlo para otra, y que debemos erradicar las ideas normalizantes que subyacen a nuestra práctica, cuestionando los mandatos sociales. Trabajar de este modo pone la singularidad en el centro de la escena, con el objetivo de que cada persona viva de manera genuina a sí misma.


En conclusión, el derecho a la salud como eje de la práctica nos obliga, como profesionales, a cuestionar nuestro quehacer y deconstruir los discursos dominantes en el campo de la salud. La importancia de posicionarse políticamente en materia de salud es clara, no solo en pos de defender valores e ideales personales, sino porque es imposible pensar la salud de una población aislada del contexto sociocultural de la misma. Y la manera en la cual cada profesional lleva adelante su práctica dependerá inevitablemente de su modo de entender la salud. Pensar al sujeto en su contexto permite correr el sufrimiento del plano individual para complejizar los modos en los cuales entendemos lo que sucede a cada persona. El respeto a la diversidad en todas sus formas se desprende también de esta concepción. Hablo de diversidad sexual y de género, pero también diversidad psíquica y subjetiva, entendiendo que hay muchas maneras de vivir, y que lo que aparece como sintomático lo define el sujeto y su sufrimiento, y no el terapeuta siguiendo un manual. 


Queda aún mucho que aprender en materia de derechos en salud. Y, probablemente, ese aprendizaje se dé en sentido paciente -> terapeuta y no a la inversa. Por eso, como profesionales debemos siempre atender al sujeto desde su potencia, escuchando lo que sabe y conoce de sí mismo, antes que imponer nuestro conocimiento. De eso se trata atender respetuosamente.


Referencias Bibliográficas:

  • Stolkiner A. y Ardila, S. (2012). Conceptualizando la Salud Mental en las prácticas: consideraciones desde el pensamiento de la medicina social /Salud Colectiva latinoamericanas. Vertex Revista Argentina de Psiquiatría, XXIII, (101), 52-56.

  • Stolkiner, A. (2010) Derechos Humanos y Derecho a la Salud en América Latina: la doble faz de una idea potente. Medicina Social.


 
 
 

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